1. Antes de pensar en el diseño, vale la pena volver a mirar el libro como un todo

¿El recorrido acompaña al lector? ¿El orden de los capítulos es el que realmente quieres? ¿Hay ideas que podrían unirse o desarrollarse mejor. Hacer estos ajustes en esta etapa permite que, una vez iniciada la maquetación, podamos concentrarnos en darle forma visual al libro sin tener que volver sobre su arquitectura.

2. Entrega un Word simple y ordenado

No hace falta diseñar el libro en Word. Al contrario. Un documento limpio, con una única tipografía, títulos claramente identificados y un formato sencillo facilita enormemente el trabajo editorial.
La belleza del libro aparecerá después, durante la maquetación. En esta etapa, la claridad es el mejor punto de partida.

3. Acércate con un texto lo más revisado posible

Ningún manuscrito nace perfecto, pero cuanto más trabajado llegue, más fluido será todo el proceso posterior. Una última lectura, una corrección ortográfica o una revisión de estilo pueden evitar cambios importantes cuando el libro ya está diagramado. Eso nos permite dedicar más energía a cuidar los detalles que harán crecer la calidad de la obra.

4. Define el contenido que acompañará al libro

Dedicatoria, agradecimientos, prólogo, epílogo, imágenes, citas, anexos o bibliografía son parte de la experiencia de lectura. Si estos elementos están definidos desde el comienzo, la construcción del libro resulta mucho más armoniosa y ordenada.

5. Confia en el proceso editorial

La maquetación no consiste únicamente en distribuir texto sobre una página. Es el momento en que el contenido encuentra su forma visual: los espacios, las tipografías, los ritmos de lectura y cada decisión de diseño empiezan a trabajar al servicio del mensaje que quieres transmitir. Por eso, cuanto más cuidado llegue el manuscrito, más podremos concentrarnos en crear un libro que represente verdaderamente tu voz. Preparar bien el Word no es un requisito técnico; es una manera de cuidar el camino que recorrerá tu libro hasta llegar a las manos de sus lectores.
Y ese cuidado, aunque muchas veces no se vea, también forma parte de la calidad de una obra. Creo profundamente que cada libro merece ser cuidado desde el primer borrador hasta el ejemplar impreso.